Todo lo demás, es un sueño...

Todo lo demás, es un sueño...
...sueña que es cierto

domingo, 10 de marzo de 2013

La oveja y el mar


La brisa marina era refrescante, a pesar de que traía consigo la jodida arena que me entraba en todos los poros de la cara. Por suerte había comprado mi sachet de bronceador, el doble del precio normal, así es a una cuadra antes de llegar a las blancas arenas de Punta Hermosa. Habíamos decidido ir a la 'sección exclusiva', cosa que resultó volver a la zona ‘popular’ ya que se nos ocurrió preguntar dónde alquilaban sombrillas. No, allí no alquilan. Me iba cantando, muy desafinado, más que de costumbre porque fue al propósito, de igual manera no tendría por qué, ya que me sale de la misma manera, con ganas o sin ellas. “Camino por el ‘bulevar’ de los sueños rotos, solo, solo…”
Al mismo estilo de Green Day, solo que en lugar que el “I walk alone”, yo decía: “Solo,…solo”, sin vergüenza ni consideración. De la mano de mi enamorada, que refunfuñaba por el maldito sol, estaba tranquilo, me sentía bastante cómodo, es más, no había más que podría desear en ese momento. Tenía sol, playa, lentes oscuros, brisa marina, una ropa cómoda, la compañía de mi ‘amor’, a pesar de sus engreídas declaraciones que me hacían sonreír. Pasamos de la exclusiva zona vip para llegar a la del barrio fino, ya que podíamos sacar el taper con arroz con pollo sin miradas incrédulas.
Una alfombra, no solo de arena, sino de toallas permitía que podamos echarnos. Sin duda que no era la zona vip, ya que disfrutábamos de la sombrilla alquilada por el tío de short color verde y rollizo abdomen. Mi señorita sirena se echó a mi lado después de su chapuzón y luego de darle un beso y saborear la sal, puse mi brazo alrededor de esbelta figura, (sé que me desmentiría al decírselo) me quedé dormido. La suave brisa y el romper de las olas, la espuma distante y olor a sal, eran los condimentos perfectos para reposar al lado del mar.
Ella me tomó de la mano, fue cuando me saqué los lentes. Era la primera vez que íbamos a la playa. Uno de tantos lugares que estaríamos por visitar y eso que no menciono el dulce invierno, donde podremos visitar miles de cafés. Y qué decir de los que hay por toda Miraflores, en fin. Ella se notaba preocupada, quiso decirme algo pero se mordía los labios. Así que, se puso su ropa, cosa inusual, ya que no hacía mucho que habíamos llegado. Entonces fue que me dijo que teníamos que hablar.
Regresé a casa, era tarde. Aún resonaba el ruido de las olas del mar y me parecía estar saboreando la sal en los labios de ella, pero fue un placer que no me duró mucho. Me duché, pero aún creía sentir dicho mar en mis brazos o el aroma de ella. Sí, era que la sal de mis lágrimas se confundía con el sabor de sus besos en aquella tarde. Así, me dormí, más confundido que cansado, con el dolor, no solo por el ardor de la espalda, sino por aquel fuego que sabía, pero no quería aceptar, que tendría que ser apagado por mí, a pesar que no lo quería. No lo quería.
Abrí los ojos. Estaba solo. No había ruido alguno. No me había tapado pues, era verano. Miré a todas partes. Y cuando me acordé lo que había pasado en la playa, pensé que estaba viviendo una irrealidad. Me puse nervioso. Así es, nervioso y extraño. Estaba solo. Me sentí solo, aunque parezca mezquino, radical y exagerado. Miré a todos lados y sabía que esa rechonchita mano con aquellos delicados deditos no volvería a tomarlos y a besarlos como todos los días. Debe ser un sueño, pero no. Y seguía con los ojos abiertos, respirando e inmóvil. Es, para que me entiendan algunos, como aquella mañana del día siguiente de haber terminado la universidad o el colegio. Sabes que todo lo estudiado, tu rutina o esos papeles, ya no significan nada. El parcial, el final, la matrícula, el proyecto que hice mal, la tarea no hecha, las clases que perdí… No importa, ya fue.
Seguía así, y quise dormir para olvidarme de que había despertado en una pesadilla donde me esperaba afrontar que los días con mi señorita se habían acabado. Pensé que era una mentira, un truco de mi mente. En unas horas sonará el teléfono, me llamará, oiré su voz, saldremos, pasearemos, es que, ¡quedan cosas en el tintero, maldición! Pero no. Ni en el día, ni en la semana sonó el celular, ni salimos, ni paseamos, porque fueron los proyectos, informes, clases perdidas que ya no importan porque ya fueron. Ya fue, se quedó en el tintero, y ya todo se terminó, no importa más.
Me tomé de la cabeza. No puedo creer que las cosas estén así. Me desesperé, tuve que irme. Salí, tomé un carro, fui hasta su casa. Frente a la puerta, mi corazón martillaba y rompía el vidrio de la entrada. Paso a paso se hacía camino, bajó las escaleras y cuando abrió la puerta vio que la reja estaba abierta, ha de ser un payaso que pasó a molestar. Salió, cerró la reja refunfuñando un improperio entre dientes al cretino que se atrevió a hacerla bajar mientras la obligaban a limpiar su casa.
De lejos, la vi. Estaba desgreñada. Pero hermosa como siempre. Es que, con maquillaje, sin él, al natural o como fuese, es hermosa. Es tan desafiante e imponerme con sus ideas que la hacen mujer decidida, pero que muy dentro de sí, es una oveja inocente con enormes ojos que te hablan por sí solos. Era más frágil de lo que su decidido porte aparentaba. Y ahora solo podía verla de lejos. Y lo peor de todo, era que debía acostumbrarme a ello.
No podía leer nada. Los recuerdos caían como catarata inmisericorde y violente en mi mente. Y con ellos, la sal de mis lágrimas que, me deprimían tanto, que no cabía la furia de mi orgullo para decirme a mí mismo que no debía llorar. Inútil en ese momento. Pero aun así, siendo casi medianoche, cerré los ojos resbalosos y no recuerdo más. Hasta que en un momento sentí un escozor. Una brisa lacerante y repentina, un bullicio incontenible me asustó y abrí los ojos.
¡Cristo!, grité. Había miles de personas en mi cuarto, estaba semidesnudo, podía sentir el romper de las olas. Parecía tener un velo opaco en los ojos, escuchaba es reposar del agua. Me incorporé y miré a mí alrededor. Respiré como si hubiera corrido una maratón y solo pude ver a los bañistas, el sol brutal al otro lado, pero solo yo lo veía oscuro y deprimente. Ella, a mi costado, se levantó y me preguntó: “Amor, ¿te sientes mal?”
La miré, voté los lentes, la besé hasta limpiarle todo el sabor sal que había en sus labios. Y con grandes ojos expresivos, como el de una oveja, me quedó viendo. Yo, aun temblando y con el ‘barajo’ del sudor, justifiqué una gota por mi ojo. Miré a todos lados y la tomé de los hombros. Respiré aliviado, aun un poco asustado y con un terror potencial en reserva dentro de mis huesos. “No. Tuve una pesadilla. Es todo…”

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