Todo lo demás, es un sueño...

Todo lo demás, es un sueño...
...sueña que es cierto

viernes, 16 de noviembre de 2012

Del bien y el mal, según la Biblia


I Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero,
Porque sabemos que lo pasado, pasado está, pero su huella nos ha dejado una cicatriz, como las que tenemos en alguna parte del cuerpo. No duelen, pero están allí y al verla, recordamos. Recordamos, vivimos y sin querer, vuelven los fantasmas, las inseguridades, los rencores, las frustraciones… el miedo a tomar decisiones…

Y es cuando vemos luces a lo lejos, tan cálidas, o por lo menos nos ofrecen su calor y protección… pero los recuerdos de aquellas cicatrices nos obligan a desdeñar sin compasión el refugio que divisamos de lejos.

¿Es porque somos malos? No. Es nuestro dolor, que por autoprotegernos, lastimamos sin querer… ¿Somos malos? No. Es que sabemos que debemos tomar una decisión que nos pueda hacer feliz, solo que los recuerdos que azotan nuestra memoria nos atan al temor del tropiezo… ¿Lastimamos antes de ser lastimados? Claro, ¿y eso es porque somos malos? No, rotundamente no.

Nos defendemos para no volver a llorar y sin querer, convertimos a los demás en eslabones de dolor que adornan nuestra cadena de temores… ¿Por qué hacemos mal, cuando sabemos que debemos hacer el bien? Para protegernos, para no demostrar debilidad o fragilidad… o para no volver a ser frágiles…

Escapar de las penas, buscar cariño, a pesar que otros salgan lastimados, pero lo que queremos es ser amados. ¿Por qué lastimamos entonces a quienes nos aprecian? Porque hacemos el mal sin desearlo solo por defendernos… Por eso no hacemos que queremos, sino lo que no queremos…

II Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí,
Mi sonrisa se torna una coquetería a mi fragilidad, que la tiento, me burlo de ella para demostrarle que puedo superar mi tristeza pero… No hago lo que quiero, porque lastimo a quienes me hacen bien, porque lastimo a los que me ayudan, porque lastimo a los que me aman… Y todo ello porque en mí habita algo: llámese pecado, miedo, rencor o autoprotección…

No hago lo que quiero, por temor al tropiezo, no hago lo que quiero porque en mí hay algo que me incita al mal… Me miran y me juzgan, sin saber que dentro de mí hay un grito que clama por comprensión… Pero para no sufrir, quiero aparentar alegría, a pesar que lo que haga provoque malestar a otros… Pero no quiero hacerlo…

Hay personas que no quiero lastimar, porque sé que hay algo en mí que sin querer lastima, por eso prefiero mantener al margen a los que me aprecian y a los que aprecio para no lastimarlos por ese “algo” que habita en mí…

Han pasado cosas que no he hecho bien, he lastimado y me han lastimado, pero no quiero dañar a los que me aprecian de verdad para no estropear la amistad, pero siento algo más allá de la simple afinidad, solo que… solo que no debo seguir, porque sé que podré hacer el mal, NO PORQUE YO QUIERA, sino por que ese ‘algo’ que mora en mí lo hará…

Y antes que ese ‘algo’ lastime, prefiero alejarme… pero no puedo, no puedo hacerlo. Por eso prefiero estar con los que me aprecian, tenerlos cerca, porque me brindan calidad y comprensión a pesar que saben que tengo ese ‘algo’ que me incitan a hacer mal… pero aún así, siguen allí… siguen allí y eso alegra mi vida, me llena de tranquilidad…

III Así encuentro esta ley: Aunque quiero hacer el bien, el mal está en mí.
Quisiera brindar tanto de mí, pero sé que por mi volubilidad, las cosas no funcionarán, pero sé que hay algo bueno en mí, pero así como bueno, también está el mal, como en todos… ¿Todos somos malos? No. Sabemos qué debemos hacer, qué es lo bueno para los que amamos, pero sin querer hacemos el mal…

¿Por qué hacemos mal queriendo hacer bien? Por temor, por miedo al cambio, por desconfianza a lastimar por ese ‘algo’ que nos impulsan al mal… No queremos hacer mal, pero aun así lo hacemos, y no por ser malos, solo que el sufrimiento nos ha adoctrinado a defendernos con golpes y puñales… 

Lo que unos nos hicieron, nosotros lo hacemos con otros… ¿Es por maldad? No, es porque no nos damos cuenta, por eso preferimos alejar de nosotros a los que nos aprecian por no hacerles el mal involuntariamente, pero no podemos alejarnos del todo porque vemos sinceridad y bondad…
Añoramos la luz, pero por el afán de no contaminar esa luz con nuestra debilidad, optamos por mantenernos a distancia, a pesar que preferimos sentir su calidez… Gracias por comprendernos, PORQUE HACEMOS EL MAL SIN QUERERLO, YA QUE NOS HAN GOLPEADO TANTO, QUE QUEREMOS GOLPEAR ANTES DE QUE NOS LO HAGAN OTRA VEZ… pero sabemos que ALGO nos impulsa a hacer el mal… El mal que NO QUEREMOS DAR…

Romanos 7, 19-21

lunes, 5 de noviembre de 2012

Historia de una ebriedad, cigarro y crema para peinar


Dicen y dan fe que los escritores y esclavos de las letras vivían una rutina bohemia y entre embriagante elixir y humeantes cortinas de inspiración. Aquella noche me sentí así, solo me faltaban los ‘puchos’ y un par de volúmenes ya escritos y publicados. Con el impecable saco, la camisa planchada y la corbata con nudo flojo, iba sorteando mis pasos por las calles de Larco como si estuviera en la cuerda floja, debido a los tragos del brindis, después de la presentación del ‘Viaje de ida’ de Fernando Ampuero. Excitado por el furor de las historias, la inspiración que llenaba mi mente, las firmas de los títulos que había comprado, hicieron que salga satisfecho y tambaleante por Miraflores… un momento, esto ya lo conté. ¡Debo seguir borracho!
II
Con la alegoría, jolgorio y paz intelectual, estaba deseoso por devorar algunas páginas de mi nueva adquisición y recargar baterías para retomar mi propio proyecto de una vez por todas. El carro me devolvió a 28 de Julio, donde los demás estaban en planes de celebración, nada que ver con las Fiestas Patrias, sino, por el día de la Canción Criolla, ¿o Halloween?, ¿feriado largo quizá?, no sé qué sería pero celebraron con ron. Sumado al relajo, con facha de escritor frustrado, no me despegué del formal ‘glamour’ que un traje te brinda, pero era tan rústica la ocasión como para sentarme en el pasto, que no lo dudé dos veces. Mi estentórea y escandalosa risa delató mi estado de improvisada embriaguez, pero estaba completamente lúcido como para saber, al menos, que ron no bebo, pero no como para medir mis niveles de extrema exaltación.
III
Muy pronto, las risas de los otros se volvieron como la mía, mientras que el efecto de recién bajado de una silla voladora estaba cesando y mis palabras se volvían menos resonantes hasta quedar en el completo silencio. Los rostros de algunos eran distintos, los ojos más abiertos y las sonrisas eran marca registrada por obligación. Se podría decir que el escritor bohemio en el que me había convertido, ya se había echado a dormir. Mientras que yo, estaba completamente despierto y casi acariciando la total lucidez y sobriedad de mi parco comportamiento en las reuniones que se congregan alrededor del ron.  Pero uno que otro humo inofensivo, me daba el relajo y la licencia que se le otorga a quien ha bebido, eso no lo voy a negar.
IV
Se había estado sintiendo mal. Simplemente cayó en el pozo del repetitivo fracaso, si es que cabe calificarlo así. Quizá por eso bebí lo que bebí en ese momento yo también. Las firmas de aquella noche, la presentación del libro y las fotos con el autor, y qué decir de los tragos, eran mis refugios para el pesar y los fatigantes dolores. Pero a pesar de todo, su sonrisa alcoholizada hacia juego con sus ojos cada vez más grandes, sus chapas rojas y el humo, cual locomotora, que dejaba escapar a la velocidad de su boca con singular desdén y despreocupación. Acordamos irnos juntos, ya era muy tarde. Su estado de voluble júbilo delataba su desesperante intento por olvidar. Quería olvidar.
V
Fue el momento. El reloj marcaba casi la una de la mañana y con improvisado reflejo, detuvo un taxi. Vencida por el alivio de la comodidad y silencio del asiento, quiso dormitar disimuladamente sobre mi pecho que aún lucía la camisa a rayas, la corbata ‘vino tinto’ floja y el impecable saco que se impregnó del humo del cigarro y el aroma de la crema para peinar. Con su mano sobre mi vientre, su mejilla contra mi pecho y mi brazo alrededor de su cuello, mi mano sobre su enrulado cabello, se reconfortó como si fuera una almohada. Mientras mi mano jugueteaba con sus irreverentes ‘rulos definidos’, le iba diciendo entre risas, que una vez escribí una escena similar y que me sentía cómodo por su compañía. Ella asentaba a duras penas y compartía lo mismo. El desvarío de sus afirmaciones monosílabas parecía una agonía tan silente como débil. Segundos después, no pudo más. No pudo controlarse y por influencia de lo bebido y los recuerdos, ella lloró.
VI
Con su aliento escapándose, al igual que las inmisericordes lágrimas, mi otra mano hizo de improvisado pañuelo, que se iba bañando de las cálidas gotas que brotaban de sus fatigados ojos. Su respiración se volvió torpe, accidentada, como con temblores rítmicos irregulares, su cálido aliento quemaba mi pecho, y el olor a crema para peinar y cigarrillo iba impregnando mi camisa y mi olfato se fue adaptando a la melancólica y singular mezcla. Su sollozo era tal que pensé que perforaría mi corazón, contagiaría mis ojos y trituraría mis oídos. Mientras mis dedos, como pañuelos, iban recibiendo sus lágrimas, las iba secando, infructuosamente, y acariciando su candente mejilla bañada de agua del corazón dolido. Mi rostro descansó en el consuelo y ternura, entre sus rizos que fueron como una nube del paraíso y sosiego. Mi mano, acariciándole la cabeza mientras que la restante, fraternalmente esa mejilla indefensa. No paraba de llorar.
VII
Mi pecho se humedeció levemente por las lágrimas, la solapa se impregnó del olor de ceniza húmeda y crema para peinar. Los ojos se hundieron en la oscuridad de su cabellera esponjosa y perfumada como si estuviera en un sueño, pero con el fatigante y revelador sollozar cargado de dolor y frustración. Como si fuera mimetización en una aura contradictoria, ello se convirtió en un cuadro enternecedor, pero las lágrimas, siempre las lágrimas… humedeciendo el cuadro, como lluvia violenta azotando el fresco óleo. Y el abrazo, que era como abrazar el corazón mismo. Y la respiración que quemaba mi pecho, humedeciendo la camisa con lágrimas cual catarata, que no dejaban de caer con violencia. El inconfundible aroma a crema para peinar y húmeda ceniza se impregnó en la mente y se retuvo en mis pulmones en pos de fumarlo. Acariciando su mejilla como si fuera la última vez, viendo sus tristes ojos que temían el ver la luz, una voz ronca quebró el espasmo con un inesperado “¿por dónde doblo ahora?”