Todo lo demás, es un sueño...

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miércoles, 15 de febrero de 2017

EL ESCRITORIO PERDIDO: Soledad

Fuente: rodrigogurgel.com.br

Nada podemos hacer aislados. Aunque digamos que nos gusta ser nosotros junto a uno mismo, siempre necesitaremos de alguien más. Instintivamente buscamos la compañía: Caminar con alguien, sentarnos con alguien, comer, beber, sonreír y hasta discutir. Para pelear se necesitan dos. Y pelearse consigo mismo no resulta tan satisfactorio al final del encuentro.

Pero a pesar de que inconscientemente queramos escapar de ella, siempre terminamos buscándola: La soledad. Hay trabajos que requieren indispensablemente de aquel ingrato ingrediente. La realización de diversos emprendimientos necesita de la soledad para poder llevarse a cabo satisfactoriamente.

El oficio de escribir no requiere del más absoluto silencio, del confinamiento voluntario a una cárcel sin puertas traseras. La creación solo necesita de una sola persona: Uno mismo. En ese momento sí que soy yo, junto conmigo y nadie más.

Es, sin duda, el trabajo más solitario que pueda existir y aunque me puedan enumerar otros; al final solo soy yo junto con mis fantasmas; aquellos viejos conocidos que esperan dormidos hasta ese momento, hasta el justo momento en que decido soltarlos, el momento en que me sirven: El dolor, la vergüenza, la frustración, la cólera, el temor… se vuelven letras. Amasijo para personajes tan imperfectos como el creador para poder contar una historia.

Una catarsis sin sentido porque si no escribo para mí, para otros, para algunos o para nadie, ¿por qué lo hago? Novelas llenas de fantasmas que tienen mi ADN, mi propia cólera como sello y mis añoranzas licuadas páginas por páginas con ideología propia haciéndola valer como norma de vida solo porque la realidad es la máxima justificación para la ficción. Jamás la ficción será más que la realidad, porque ésta última es mucho peor e impredecible.

Cuentos y relatos que mueven personajes que no son otros que yo mismo, aunque quiera disfrazarlos con otras ropas, ponerles otros nombres, teniendo otro sexo, otras ideas… Siguen teniendo mi mismo ADN. Todos son yo. Es más, yo los creé, yo decido [o creo hacerlo] qué hacen, qué les pasa, cómo reaccionan, cómo piensan… Por un momento, muy muy blasfemo, soy un dios. Y al mismo tiempo no lo soy, porque ellos siguen siendo yo… no creé nada.     

Pero por más mundos que pueda recrear, describir, dibujar con letras o copiar, no habrá más que la oscuridad y el eco del teclear. Solo soy yo conmigo mismo. No hay profesión más desoladora que escribir, ni empresa más solitaria que el leer.     

Cuando leo dejo de ser yo. Desaparezco, casi igual como cuando escribo, y me dejo conducir por un río movido por una voz e intelecto totalmente distinto al mío. Él, aquel autor, me cuenta una historia. No importa que tan corta, extensa, cuántos tomos tenga. Aquella nunca dejará de ser una historia. Desde “había una vez…”, hasta lo más elaborado, todo es igual… Y no cambia en absoluto el hecho que él, aquel autor, está tan o más solo como lo estoy yo cuando escribo [en este caso leo].

Si somos seres que comprendieron que como tales, no podrían sobrevivir solos, ¿por qué buscamos la soledad? Será la infantil idea de añorar algo que, muy en el fondo sabemos que es una ilusión. Leemos y nos encerramos en un paraje de libertad multidimensional, testigos de un concepto maravilloso cuyo requisito sería, únicamente el silencio. El silencio y nosotros mismos, nada más. Pero es una ilusión, porque luego tendremos que cerrar el libro: Romper –queramos o no- el candado. Y bajar del carro, avión, entrar a trabajar, a la oficina, a dormir, a clase, etc.

Entonces, ¿qué tanto nos puede agradar la soledad? ¿Por un rato nada más? A veces queremos estar solos, que nadie nos hable, nos mire. Que nos ignoren, ser invisibles. Pero eso no durará mucho tiempo. Ni cuando leemos y ni cuando escribimos. Pero cuando escribo soy libre. Libre de ser yo conmigo mismo. Y abrazo la soledad, la invito a pasar. El ruido de la soledad es el perpetuo combustible para crear. Solo son mis personajes y yo… En otras palabras yo conmigo mismo y nadie más.

domingo, 30 de octubre de 2016

EL ESCRITORIO PERDIDO: Hallazgo I: Un corresponsal del que se dice...

Fuente: http://www.poemas-del-alma.com/

Había encontrado el libro de Bresso Henri Soler en la biblioteca de la Universidad Tecnológica del Perú aquella tarde mientras esperaba a Missela. ¿Pero qué pasa aquí? Estoy desconcertado, deberán leer un párrafo, si es que pueden, de él para entender de qué intento hablar. Y digo “si es que pueden” porque casi imposible no seguir leyendo más párrafos de Henri Soler.

Es visceral porque, según la traducción, escribe insultos, uno tras otro, pero sabe en qué momento comenzar con la catarata de procacidades (Ver página 26). ¡Ya! El meollo es el libro: “El nombre es el conflicto”, 116 páginas, editorial “Máxima”, 1974. La tapa es marrón, hay un punzón y un hilo de sangre que brota de la punta con finas gotas bañando el rededor.

En la solapa solo dice esto: Bresso Henri Soler Pruskov (1906), escritor y periodista. Se desempeñó como corresponsal de guerra en Alemania y Polonia durante la segunda guerra mundial y se dice que publicó más de 20 títulos. Máxima ha publicado 15 de éstos con mucho éxito.

¿Dónde nació? ¿Murió? ¿De qué país es? No parece alemán, quizá sea ruso o búlgaro… “Se dice que publicó”, ¿quién dice? Parece una broma. Leí por ocioso unas cuantas hojas de El nombre es el conflicto porque en la computadora de consulta figuraba como narrativa mundial.

Missela demoró como siempre, pero yo me demoré más para bajar al patio porque Henri Soler me enganchó con sus páginas: “Sabíamos que moriríamos cuando escuchamos los pasos a lo lejos. Aquel eco era como el del corazón materno al unísono del propio cuando, protegidos, dormíamos dentro del vientre. Era familiar, ¿no es así? Es tan cálido esperar y tan doloroso descubrir. Mi compañero se deshacía del miedo y yo no dejaba de temblar, pero sabía que, ya sea en cinco minutos o en cincuenta años, tendría que morir y la forma no importaba porque al final, muy dentro de nosotros, sabíamos que moriríamos…” (Pág. 16)

Ese es Bresso Henri Soler. Y falta más, mucho más. Deberé investigar qué libros tiene, dónde hallarlos y, lo más importante: aprender a escribir como él. ¿Habrá ganado algo? ¿Será reconocido en el canon literario? Recurrir a Google nunca fue tan desesperante. Y cuando Missela pregunta: ¿Qué fue?, yo le respondo: Gracias por demorar.


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