Todo lo demás, es un sueño...

Todo lo demás, es un sueño...
...sueña que es cierto
Mostrando entradas con la etiqueta #OtrosCuentos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta #OtrosCuentos. Mostrar todas las entradas

martes, 29 de noviembre de 2016

OTROS CUENTOS: Momento incómodo

Fuente: pictakersv.files.wordpress.com.

Me siento como un bufón cuando lo miro de reojo. Él también lo hace, pero lo disimula con su celular. Recuerdo que antes era yo el que esperaba, pero de eso ya hace mucho. De cierta forma lo estoy haciendo ahora, pero ya no me corresponde hacerlo.

Su camisa rayada es bastante bonita. Su pantalón beige a la medida y un llavero de metal enganchado a su bolsillo se ve elegante. Sus zapatos marrones son como nuevos y ni qué hablar de su reloj de eslabones plateados.

Espero no desentonar con mi saco blanco, pero bueno, al menos combina bien con mi camisa negra. No creo que sea de la misma calidad que la de él, pero sí que nos hemos esmerado en lucir bien.
Es como si mi respiración produjera un escándalo. ¿Qué más puedo hacer frente a él? El ramo de rosas que llevo se siente tan pesado como si cargara un cadáver conmigo. Esto me evidencia, me delata y produce conclusiones en cualquiera que me vea.

II

Sigue ahí, con el mismo tic de su pierna. Tiembla y tiembla como si quisiera ir al baño o será porque está apurado para que salga. Su saco blanco no se ve tan mal, debo admitir que se ha vestido muy bien, pero cada vez que nuestras miradas chocan, es como si quisiéramos ver al otro distraído… Sin embargo coincidimos de manera tan infantil.

Esas rosas que lleva no me agradan. Debe seguir albergando ilusiones, definitivamente debe ser eso. Algo está pasando para que éste compre esos detalles. Nada justifica esas sutilezas. No cualquiera lleva consigo esos regalos haciéndolos pasar por una tarjeta de felicitaciones. Hay una enorme diferencia entre una pulsera y una cadena. En este caso, de una flor y unas rosas.

Si le hablo, ¿qué me dirá? Además, qué le puedo decir, “¿te gustó el acto?” Me dirá que sí y después el silencio para que hable yo, después me contestará con monosílabos y seré el que deba siempre decir más de tres palabras juntas mientras se lo dejo más y más fácil. De cualquier manera, ¿por qué debería hablarle?

III

Siento esto más pesado. Me delata, me deja al descubierto, desnuda intenciones que ni siquiera he pensado. Estoy haciendo el ridículo ¿Qué iba a saber que vería la puesta dos veces? Uno de nosotros sale sobrando aquí…

Sigue con el celular, pero se le escapa una que otra mirada. Me lleva como dos cabezas, sus ojos son serios, su rostro duro y sus facciones bastante toscas. Tiene cara de malo, su frente se le arruga y su pelo es como una coliflor.

Respira como si fuera un búfalo. No sé por qué creo que en cualquier momento me preguntará algo. Las rosas parecen una alarma y el celofán cruje de manera tan escandalosa ante este silencio. ¡Qué silencio tan desesperante! Tal vez habrá un problema.

IV

Y ahí está; solo mira y mira. Es como si le fascinara estudiar el entorno. Noto cierta torpeza en él. Debe ser un tipo muy nervioso, pero percibo una maligna sagacidad que no me agrada. Creo que en cualquier momento soltará un grito violento como loco; lleno de frustración. No lo culparía por sentirse frustrado.

Escuché que tiene refinados gustos de los cuales, en puntuales situaciones me los hicieron saber como una molestísima anécdota, solo podría rescatar el de las rosas, porque después, me parecen exagerados. Tiene la cara demacrada, sin embargo está tan lúcido como para estar inquieto.

Debe estar atragantándole algo que lo va hacer explotar. A lo mejor tiene ganas de generar pelea. Pero para eso se necesitan dos, no me interesa enfrascarme en algo tan innecesario. Debe saber que desde el momento en que compró eso, ya perdió totalmente. Lo sabe, solo que…

V

El maldito celofán cruje demasiado, aun cuando respiro. Han pasado tres minutos es como si hubiera sido tres horas. Hasta puedo escuchar los tic tac de nuestros relojes. Si hablo, a lo mejor me mirará con ese gesto de asco que cualquiera pondría en su lugar. Yo lo pondría, creo que sí. ¿Lo pondría?... Lo pondría.

Menudo momento incómodo en que coincidimos para conocernos al fin. Mira dónde venimos a estar. Aquí al lado… Querrá pegarme si hablo. Se le nota en la cara que está esperando lo mínimo para mecharse

VI

Si le hablo será capaz de lanzar absurdas palabras, así que mejor dejo que su propio bochorno termine por acabarlo. ¿Y si no? Tengo confianza, pero no me agrada tenerlo acá. Me arruina la noche. Voy a dejar el celular, ¿para qué perder el tiempo? Ya veré qué hace si cruzamos miradas sin muros ni trabas.

A ver si me equivoco o tengo razón. Como veo las cosas, se sentirá tan comprometido a decir algo ante mi serenidad al enfrentarlo que inmediatamente tendré el entorno dominado. Estará pisando mi terreno, mi lugar. Deberá mover su ficha y cuando lo haga, no me sorprenderá, ya que será él quien deba soportar mis monosílabos.  

Bien. Tengo todo previsto. Ahora nada nos impide hablar. ¿Qué vas a hacer? ¿Hablarás? ¿Mirarás al vacío abochornado? ¿Clavarás tu vista al piso como niño castigado?... Su pierna ha dejado de moverse y su respiración hace crujir el celofán. Se ruboriza, parece que no puede evitarlo.

VII

Guardó su celu, a lo mejor quiere hablar. Debo relajar mi cara, ya que lo peor sería mecharnos por un mal entendido. ¿Debería hablar primero? ¿Debería? ¿Y qué le digo? ¿Y si no me responde? A lo mejor me manda a la mierda.

El pata me pone nervioso. Tiene la cara tan seria que si se riera se lastimaría. Si la cosa se pone fea, caballero nomás, las rosas pagarán… Si le hablo, tendré que ser claro, que no parezca que le quiero ver la cara, eso le reventaría.

VIII

IX

-Estuvo bien.
-Lo sé.
-Debe estudiar mucho…
-¿Qué?
-Me refiero, a prepararse porque…
-¡Sí! Lo hace.
Silencio, más silencio. El crujir del celofán estropeaba el silente santuario bañado de luz blanca.
-Ya es tarde…
-Iremos a cenar.

X

-¡Chicos!

Su sorpresa casi podía tocarse. Llevaba un maletín, una vincha, una chaqueta negra, una blusa blanca que hacía juego con sus zapatos del mismo color.

-No me tardé mucho ¿no?
-No.

Reaccioné y le di el ramo: “Esto es por tu genial actuación. Buen trabajo”. Dubitativa, lo acepta pero con desconfianza. Su “Gracias” fue tímido pero firme. Creo que tienes planes, murmuré. Pásala bien, disfruta tu gran triunfo. Gracias por el buen rato.

-Gracias a ti por venir. Bonito saco.

Aunque, a lo mejor ni se lo esperara, le estiro la mano. Me la aprieta y cuando le sonrío no me rompe la cara, solo me recibe el gesto con ganas de que me largue. Seguro cree que me burlo de él, pero no iba a irme sin despedirme.

Después de eso, me acerco a ella, le beso en la mejilla y creo que soy imprudente cuando la tomo del cuello con la palma de mi mano. Me voy y no miro atrás.

XI

-Están muy bonitas ¿no crees?
Levanto una ceja ante lo dicho. La miro intentando no mostrarle gesto alguno. Percibe lo innecesario e imprudente de su comentario. Noto su seriedad, se planta delante de mí con mucho histrionismo y prepara su cara de desafiante indignación.
-¿Qué pasa?
-¿Tenías que invitarlo?




martes, 12 de abril de 2016

OTROS CUENTOS: Ya era tarde



Se abrazaron por muchos minutos sin importarles el ámbar del poste maltrecho que asolaba el borde de la vereda que colindaba con el San José. La noche era tan deprimente, a pocos metros; la avenida estropeaba el romanticismo con su oleada de carros, gritos, claxon y demás estruendos de pesadilla.

Le acarició la cabeza recorriendo suave sus largos cabellos y una sonrisa parecía estirarse desde su dermis hasta su rostro resplandeciente. Sus ojos redondos y abiertos a su máxima capacidad dejaban ver sus sentimientos. Suspiró y se acurrucó en su pecho.

Su corazón latió más fuerte cuando sintió su mejilla contra sí. La estrechó entre sus brazos y quiso protegerla y no dejarla ir nunca más. El reloj marcaba tiránico e inmisericorde un cuarto para las once. Era tarde, pero vivían un amanecer interminable.

Se besaron. Y cada uno parecía el primero. No por la torpeza, sino por las sensaciones que eran como nuevas. Nunca se gastaban, sino que, extrañamente parecían renovarse con cada contacto de labios. Sus largos dedos le rodeaban su cuello y lo acercaba a ella con violencia pasional.

Se fundían en los ojos del otro, y las personas que pasaban –o muchos rateros- no importaban nada o no existían ya que con sus suspiros los ahuyentaban. Ella se arregló el cabello, le dio un beso intempestivo, le tomó de las mejillas y después se prendió de su cuello como un candado.

Se despegó de él y le dejó una sonrisa casi boba que la acompañaba y apuntaba como un faro cuando se fue corriendo para cruzar la pista. Ya era tarde. Sería muy tarde después. Así que sin pensarlo más, se fue.

Aprovechó el semáforo en rojo y se escurrió entre los carros. Centímetros adelante tropezaría y caería, quedando a merced de los otros vehículos que venían a inevitable velocidad sin reparo ni remordimiento.

Mientras tanto, él caminaba, a espaldas de todo, convencido y diciéndose que había encontrado, por fin, el amor verdadero.

miércoles, 28 de octubre de 2015

OTROS CUENTOS: Momento incómodo





Esperar puede ser la excusa perfecta para muchas interpretaciones. Perfecta para tantas cosas. De reojo lo miro y me siento tan idiota. Él me mira, pero está ocupado con su celular. Había otro tiempo en que era yo el que esperaba, pero era a la salida del baño de mujeres, aunque de eso ya pasó mucho. Ni se acordará. 

Lo veo con una camisa rayada bastante bonita, un pantalón beige a la medida y un llavero de lo más elegante que sobresale de su bolsillo. Los zapatos brillan, son de un marrón sobrio y su reloj de eslabones plateados me hace guiños al rebotar descaradamente la luz de la estancia. 

La noche era bastante fría, el aire violento me encantaba cuando hacía ondear los bordes de mi saco blanco. Mi camisa negra no sé si será del mismo material que la suya, pero lo que sí es cierto es que no hemos dejado de vernos con un incómodo disimulo desde que esperamos. 

Se escuchan las respiraciones y es como un escándalo cada vez que inhalo y exhalo. Qué más puedo hacer ante él, de quien he escuchado tanto. El ramo de rosas está en mi regazo y siento que llevo un muerto conmigo, ensangrentado, con un puñal clavado, ya que pesa tanto aquella evidencia que produce que se formen conclusiones en una mente más perspicaz –aguda, pero perspicaz-. 

II 

Sigue ahí, con el mismo tic de su pierna. Tiembla y tiembla como si quisiera ir al baño o será porque está apurado de que salga. Su saco blanco no se ve tan mal, no está del todo mal, pero cada vez que lo veo de reojo nuestros ojos chocan como si quisiéramos ver al otro distraído, sin embargo coincidimos de manera tan infantil. 

Esas rosas que lleva no me agradan. Se está confundiendo, no sabrá en qué emplear su tiempo tal vez. Algo está haciendo mal para que éste compre esos detalles. Nada justifica esas sutilezas. No cualquiera lleva consigo esos regalos haciéndolos pasar por una tarjeta de felicitaciones. Hay una enorme diferencia entre una pulsera y una cadena. En este caso, de una flor y unas rosas. 

Si le hablo, ¿qué me dirá? A lo mejor ni siquiera sabe qué decir. Además, qué le puedo decir, ¿te gustó el acto? Me dirá que sí y después seguirá el silencio para que hable yo, después me contestará con monosílabos y seré el que deba siempre decir más de tres palabras juntas mientras se la dejo más y más fácil. 

III 

Cada vez siento esto más pesado. Me inculpa y me delata. Me deja al descubierto, desnuda intenciones que ni siquiera he pensado, además hago el ridículo con él aquí. ¿Quién iba a pensar que vería la puesta dos veces? Claramente, siendo generoso con mi propia torpeza, uno de nosotros sale sobrando aquí… 

Sigue con el celular, pero se le escapa una mirada. Se pasea por mi vestimenta. Estamos elegantes como lo ameritaría la ocasión, pero sí, uno de nosotros acaba sobrando. Me lleva como dos cabezas, sus ojos son serios, su rostro duro y bastante severo en su facciones. Evidentemente su ceño es fruncido de nacimiento; se le arruga la frente y su cabello, como una coliflor, se le arma hacia arriba y por los costados. Escucho un largo suspiro como si fuera un búfalo. No sé por qué creo que romperá el silencio con una pregunta agresiva. 

Las rosas parecen una alarma. Tal vez habrá un problema. 

IV 

Tiene cara de asado. El brother solo mira y mira. Le fascina estudiar el entorno. Noto cierta torpeza en sus rasgos, su forma de estar quieto. Es muy nervioso, pero percibo una maligna sagacidad que no me agrada. Creo que en cualquier momento soltará un grito violento como loco; lleno de frustración. No lo culparía por sentirse frustrado. 

Escuché que le gustan estas cosas, pero sus refinados gustos de los que, en puntuales situaciones me las hicieron saber como una molestísima anécdota, parecen exageradas. Es como si este pata le encantara comer canchita, ver tele, tomar chelas, nada fuera de lo normal. Tiene una cara como que no ha dormido, sin embargo está tan lúcido como para estar inquieto. 

Debe estar con algo atragantado, alguna presión que lo va hacer explotar. A lo mejor tiene ganas de generar pelea. Pero para eso se necesitan dos, no me interesa enfrascarme en algo tan innecesario. Debe saber que desde el momento en que compró eso, ya perdió totalmente. Lo sabe, solo que… 

V 

Menudo momento en que la tensión es tan sólida que me petrifica las manos. El maldito celofán es tan ruidoso como teclear a medianoche de forma compulsiva mientras en la habitación del costado duermen papá y mamá. Han pasado tres minutos y es como si fuera suficiente como para ver una maratón de “Los diez mandamientos” y “Ben Hur” con todo y comerciales. 

Controlo el tic tac y el contraste entre mi reloj y el suyo. Así que, cada vista es un vergonzoso recordatorio. ¿Por qué? Dijo en una ocasión que era una gran inspiración, admiración y todo lo positivo que termina en ción. Parece mudo, es como si en su maciza presencia, como un tótem de roca, el silencio fuera la fuente de su poder dominante. 

Si hablo, a lo mejor me mirará con ese gesto de asco que cualquiera pondría en su lugar. Yo lo pondría, creo que sí. ¿Lo pondría? Lo pondría. Menudo momento incómodo en que coincidimos para conocernos al fin. Destino gracioso el que amaña las cosas, mira dónde venimos a estar. Aquí al lado… 

VI 

Si le hablo será capaz de lanzar absurdas frases al aire. Mejor dejo que su propio bochorno termine por acabarlo. ¿Y si no? Tengo confianza, pero no me agrada tenerlo acá. Me arruina la noche. Voy a dejar el celular, ¿para qué perder el tiempo? Ya veré qué hace si cruzamos miradas sin muros ni trabas. 

A ver si me equivoco o tengo razón. Como veo las cosas, se sentirá tan comprometido a decir algo al ver mi estado de serenidad al dejar el celular en el bolsillo que tendré el entorno dominado. Estará pisando mi terreno, mi lugar. Deberá mover su ficha y cuando lo haga, no me sorprenderá. Él tendrá que soportar mis monosílabos. 

Tengo todo previsto. Ahora nada nos impide hablar. Cayó el “Muro de Berlín”. ¿Qué vas a hacer? ¿Hablarás? Pues, lo tengo previsto. Mirarás al vacío abochornado. También lo sabré. Clavarás tu vista al piso como niño castigado. Está dentro de lo planeado. ¿Qué vas a hacer? Su pierna ha dejado de moverse y su respiración hace crujir el celofán. 

VII 

Guardó el cell, a lo mejor quiere hablar. Su pétreo semblante es tan inamovible que siento curiosidad de contemplar sus gestos a ver si por los vértices y vacíos no caen hilos de polvo y tierrilla. A lo mejor quiere decir algo. Debo relajar mi semblante, ya que lo peor sería cuadrarnos por risibles razones. 

¿Por qué deberíamos contribuir a la tensión de esta estancia? La luz blanca nos abraza como un cálido embrión protector. Atmósfera mágica, minimalista salida de una película futurista de los ochenta. Abrir mis ojos, mostrarme tan calmo como cualquiera. 

Gesto de desinterés, alargar la boca como un sapo y encogerme de hombros como si le contestara a alguien delante de mí. Una tonadita suena en mi cabeza, creo escucharla como si un diablillo me la silbara, paradito en mi oreja. Giro lento mi cuello, con una ridícula sonrisa de resignación de cariz hollywoodense.

Suspiro, vuelvo a alargar los labios como sapo, asiento como si me afirmara algo, pero lento, casi imperceptible, sigo suspirando, le comparto complicidad y vuelvo a girar mi cuello hacia el frente para volver a clavar mis ojos al suelo. Me ha visto con incredulidad, casi inmutable porque sospecho que esperaba una palabra y no un gesto idiota. 

VIII 

… 

IX 

-Lo hace realmente muy bien. Es como para estar orgulloso. Hace un buen trabajo. Se esfuerza mucho. 
-Lo sé. -Siempre se está preparando. No deja de estudiar. 
-¿Qué? –Pone cara de asco- 
-Estudia mucho. Después de trabajar. 
-Claro. Ahora mismo está por terminar uno. 
Silencio, más silencio. Después, el celofán estropea el silente santuario bañado de luz blanca. 
-Ya es tarde… 
-Vamos a cenar. Ha sido un éxito y es merecido. Por eso se demora tanto. 
-Buena decisión. 
-Así estaba planeado. 

X 

-¡Chicos! 
Su sorpresa casi podía tocarse. Tomó una forma tan exagerada que se notaba monstruosa. Llevaba un maletín deportivo, una vincha, una chaqueta delicada, negra y una blusa de bordados blancos, labraditos tan delicados que hacían juego con sus zapatos del mismo color con detalles plateados. 
-No me tardé mucho ¿no? 
-No. 
Reaccioné y le di el ramo: “Esto es por tu genial actuación. Buen trabajo”. Dubitativa, lo aceptó, pero las espadas chocaban entre su sonrisa y sus pómulos. “Gracias”
-Creo que tienes planes. Pásala bien, disfruta tu gran triunfo. Gracias por el buen rato. 
-Gracias a ti por venir. Bonito saco. 
Sonreí. Le estiré la mano. Me la apretó y me sonrió con aquella pétrea expresión. No vi ningún hilo de arenilla de aquellos bloques macizos al encajar una diplomática rajadura improvisada como sonrisa. Finalmente, le di un beso en la mejilla e imprudentemente le sostuve su cuello con la palma de mi mano durante los microsegundos de la despedida. Me fui. 

XI 

-Están bonitas –dijo de repente-. 
Levanté una ceja ante lo que dijo. La miré sin mostrar gesto alguno. Percibió lo imprudente e innecesario de su comentario. Se puso un poco seria. Se plantó delante de mí con mucho histrionismo y armó su cara de aburrida. 
-¿Qué pasa? –me pregunta graciosa, pero seria- 
-¿Tenías que invitar a tu ex?

Vistas de página en total